El ingeniero de la capital llegó a las tres con un fajo de contratos. Nos reunió bajo el tejo de la plaza, y prometió que el Gobierno solo necesitaba los quince minutos de nuestro sol previos al eclipse de agosto para las reservas nacionales. A cambio, reabrirían el ambulatorio del pueblo. Firmamos todos, entregando aquella luz de la tarde como quien empeña un reloj de oro en el Monte de Piedad.
Llegado el momento, quedamos a oscuras antes que nadie. Esperamos sentados en las sillas de playa, con las gafas especiales que nos llevó el funcionario. No llegamos a diferenciar cuándo la luna mordió al sol.
Una hora después la claridad brillaba por su ausencia. Volvimos a las casas a tientas, sabiendo que nos habían estafado. Sin médico ni luz, muchos se marcharon. Otros alimentan su rabia viendo en la televisión las imágenes de nuestro sol, que ahora ilumina veinticuatro horas el paseo marítimo para los turistas.
Pero algunos, acostumbrados ya a la penumbra, hemos agudizado los sentidos. Ahora somos felices viviendo cabeza abajo, suspendidos de las ramas del tejo. Con los dientes bien afilados, esperamos el momento en que el Estado se encapriche también de nuestra oscuridad.





