La señora Covadonga jura que la leche de sus vacas sale agria; el del tractor asegura que la tierra le chupa la electricidad; y el alguacil pasea con el megáfono pregonando el aviso de evacuación inmediata por riesgo de gases telúricos. Mientras tanto, en la carnicería:
—Cinco con veinte, guaje —dice el dueño sin levantar la mirada mientras envuelve las pechugas en papel de estraza—. Y una cosina —añade—: nun andéis pela carretera del pozo cuando empiece a enfrescar.
Los tres chicos, cargados con estabilizadores y cámaras al cuello, se miran de reojo.
—Los árboles —continúa el carnicero, dejando caer el machete con un golpe seco que hace temblar el mostrador— llevan desde el lunes avisando. La última vez que la luna tapó al sol, no escuchamos al monte y el pozo se tragó a tres foriatos como vosotros. Esta tarde el cielo se apaga, y a esta tierra no le gustan los extraños haciendo estúpidos vídeos cuando ocurra en el TiquiToqui esi. O como se diga.
—Menudo personaje. ¿O no? —murmura el de la gorra al salir.
Enciende el teléfono:
—Estamos en directo desde Villamancia. El carnicero acaba de decirnos que el monte se tragó a tres personas en el último eclipse. Hay aviso de evacuación en el pueblo. La pregunta es: ¿Verdad o manipulación para que los dejemos tranquilos? Compartid y comentad.
Minutos después, en la plaza, el viento se detiene de golpe. Sin embargo, al pasar junto al tejo centenario, las ramas se retuercen hacia el suelo como si soportaran un peso invisible en las puntas, haciendo que los chicos pierdan folletos, dinero e incluso un móvil. Asustados, se refugian en la tienda-estanco-bar. Tras el mostrador, don Manuel les señala un higrómetro oxidado en la pared:
—La humedad acaba de subir seis puntos sin una sola nube. Ye el pozo, que ya respira. Yo que vosotros tomaba les de Villadiego antes de que la sombra toque les caleyes.
El directo se hace viral en el momento. La paranoia se extiende por el campamento de la entrada del pueblo como la pólvora. A los forasteros les basta ver a los paisanos trancando las puertas con vigas de roble para desatar el caos. En pocas horas, el rugido de los motores y el polvo de los todoterrenos inundan la salida.
La calma vuelve a ser absoluta.
A las ocho y veinte de la tarde, la puerta de la carnicería se abre. El carnicero saca una silla de playa. Detrás, don Manuel, Covadonga, el alguacil, el tractorista y los otros veinte vecinos se alinean en mitad de la plaza. Protestan, se ríen, comentan la jugada.
Se calzan las gafas de cartón. Disfrutan del espectáculo.
Y la Luna encaja sobre el Sol. La corona brilla en la oscuridad total. El suelo vibra, el aire se vuelve denso. De la penumbra desciende una llovizna de hilos dorados que flota en el ambiente. Al tocar la piel de don Manuel, las arrugas se borran. Las manos artrósicas del tractorista se enderezan. El cuerpo del alguacil recupera la tensión de los veinte años.
El secreto de su frágil eternidad sigue a salvo.
Eso creen.
Oculto entre el follaje del tejo, un teléfono parpadea en rojo. La pantalla emite en directo para cientos de miles de espectadores que contemplan asombrados la escena.
Covadonga nota que su cuerpo pierde densidad y emite un grito de ceniza. Uno a uno, se vuelven traslúcidos, deshilachándose en el aire como borrina.
Los tejados se desploman en silencio, las vigas se pudren en suspiros, los carteles se desvanecen bajo una capa de musgo instantáneo.
Cincuenta minutos después, los primeros coches de los seguidores del directo irrumpen en el pueblo derrapando, ansiosos por encontrar el lugar mágico que acaban de ver en pantalla.
Frenan en seco en mitad de la plaza. Miran a su alrededor desorientados. Revisan el GPS. No hay casas habitables, ni bar, ni carnicería. Solo un pueblo más de tantos olvidados.
Seguirán buscando por los alrededores.
Nadie repara en el montón de sillas abandonadas en el centro de la plaza.
(Relato Finalista en Zenda, #MirandoAlCielo)
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