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E

—¿Hija?
—(...) 
—Ay, perdone. 
—(…)
—No sé, solo apreté a mi hija. ¿Quién es usted? 
—(...)
—Ya, ya sé que la he llamado yo, pero yo llamaba a mi hija y se ha puesto usted. 
—(...)
—No, no he marcado ningún número. Marqué Edith, mi hija, y ha salido usted. No sé cómo ha podido pasar. 
—(...)
—Sí, es raro. Habré apretado cualquier cosa, sí. En realidad yo no sé usar estos trastos del demonio. Los números me los metió ella, justo antes del confinamiento.
—(...)
—Edith. Edith Carril.
—(...)
—¡Anda! ¿Edi? Pues va a ser eso, sí. No sabía que usted era la abuela de Carmen.
—(...)
—Nada, nada. Está claro. Sí, seguro que lo metió mi hija por si acaso. Debe de estar justo antes que ella en la agenda, sí.
—(...)
—Bueno, pues disculpe… Perdone, ¿cómo dice que se llama? 
—(...)
—¿E… qué?
—(...)
—¿Edisenda? Qué nombre tan raro, es la primera vez que lo oigo. Qué originales sus padres.
—(...) 
—¡Anda!, ¿el mismo día que Edison? ¿Pero existe?
—(...) 
—Ja, ja, ja. Claro, sí, si usted se llama así es que existe, sí. Ja, ja, ja. Qué historia tan curiosa. 
—(...)
—Yo, Antonio.
—(...) 
—Igualmente. Ha sido una suerte que se haya puesto usted al teléfono. En realidad con mi hija casi no tengo tiempo de hablar. Desde el confinamiento dice que está muy ocupada en casa. Teletrabaja y tiene dos peques. Esta es sin duda la conversación más larga que tengo en semanas.
—(...)
—¿Cuatro, la suya? ¡Pues su hija sí que estará liada! 
—(...)
—Ya, claro. Pero aunque no trabaje en otra cosa, cuatro son cuatro ¿eh? ¿Qué edades tienen? 
—(...)
—¡Qué seguiditos! Y, ¿se los llevan o la han dejado tranquila? 
—(...)
—Sí, también yo los echo de menos. Aunque, en realidad, tampoco me ha venido tan mal esto de estar confinado, me sentía muy cansado con recogerlos, llevarlos… No estoy ya para tanto trote.
—(...) 
—Eso sí. Sí, ya pesan los días. Si al menos se me diera bien usar este aparato… Tengo amigos que hacen videoconferencias y se les hace menos pesado.
—(...)
—No, ni idea, no sé. Es que me acababan de regalar el móvil y no tuvieron tiempo de enseñarme. 
—(...)
—¿Usted? ¿Podría? Pues me haría un favor.
—(...)
—¿Tiempo? A mí me sobra el tiempo, Edisenda. 
—(...)
—Ah, sí, Edi. Genial. Usted puede llamarme Toni si gusta.
—(...) 
—Si gustas, sí. Mejor de tú.




La resiliencia de un tal Miguel

Foto de internet
En un lugar del cerebro, al escritor le creció una mancha. Y, en un lugar de la mancha, nació un caballero que se divertía hundiendo su lanza sobre cualquier inspiración, por muy grande que fuera. Eso sentía él. Preocupado, fue a consultarlo y, tras descartar causas graves, le pusieron en tratamiento. Debía escribir un diario sobre esas cosas que imaginaba y volver una vez a la semana para hablar sobre ello. Así, el problema facilitó que escribiera su obra maestra. Aunque, desgraciadamente, al acabar la terapia no pudo escribir nunca nada más, porque aquel caballero todavía estaba allí.

(Publicado en ENTC, nº56. Con el comienzo y el final obligados).

El monstruo

Hecho un gran ovillo sobre su peculiar “patchwork” de lunares, rayas y dibujos bajo la cama, piensa en la prejubilación, a la vuelta de la esquina. La ha pedido a la desesperada. Perderá cierto nivel adquisitivo pero no le importa, no puede más. Lo que quiere es dormir del tirón, a pata suelta. Ahora, pocos días antes de partir, en su memoria se amontonan los sustos con nostalgia; incluso sonríe al recordar con cariño cómo logró aquella colección sobre la que ahora descansa plácidamente, calcetín a calcetín. 

Publicado en ENTC

Sin rumbo

Foto Internet
Como nadie les pedía deseos, las estrellas se dejaron caer al mar, y la luna al sentirse sola las siguió. Enseguida allí abajo las admiraron con curiosidad y lucieron hermosas como nunca, pero tanta luz alteró el sueño de todos y enseguida las rechazaron agotados, mientras ellas se apagaban cada día un poco más. Sin embargo, las mantas volaron en busca de ayuda preocupadas, y la hallaron en un buen hombre que al saberlo rezaba para no encontrarlas “post mortem”. Por suerte, pudo decirles que eran imprescindibles para la orientación, y salvar así a una pareja de cada especie, como Él le pidió. 


Publicado en ENTC

Belleza consumida


La hechicera había sido una mujer muy bella, pero se ajaba con cada lágrima vertida. Ahora su piel se le metía entre los huesos y sus ojos parecían ir a caérsele, aunque aún se podía ver en el fondo de su mirada lo que le quedaba de hermosura. Ella sabía que pocos eran los que se esforzaban en ver más allá de sus greñas, y sus carencias adivinatorias las compensaba haciendo teatro. De esta forma sacaba los cuartos a los ilusos y sobrevivía a duras penas. Pero lo cierto era que podía ver el vacío a través de los ojos de los desesperados. Entonces entraba en trance. Se clavaba las uñas en sus párpados flácidos, y cuando le brotaban las lágrimas se las hacía lamer directamente de su piel. Así, mientras al atormentado se le llenaba la mirada de gracia, ella se marchitaba un poco más.

Relato publicado en la web ENTC con la belleza como inspiración.

La ausencia


Esa Navidad había decidido perdonar a Dios. Un lustro sin hablarle parecía suficiente tiempo. Empezaría por poner el belén. Sacó del altillo al buey y la mula, al arcángel, a María y a José. Cada uno envuelto en su papel de burbujitas. También la estrella que colocaba sobre el tronco que encontró cerca de los columpios en el parque. Desde entonces era el pesebre. Mientras revolvía todo en busca del Niño, ensimismada con aquel trozo de madera entre las manos, sintió la fresca temperatura de aquella tarde, notó bajo sus pies el crujido de la hojarasca al acercarse para cogerlo, y vio la cara sonrosada de su pequeño, feliz ante el hallazgo. Después, como una autómata, envolvió las figuras, cada una en su papel, las dejó en el altillo de nuevo, y siguió sin perdonar a Dios.

“Agnus Dei”

Una noche se llevaron a la oveja más joven del rebaño a una granja cercana. Allí retozó como nunca y se embadurnó divertida con los cochinos. Incluso llegó a olvidar de dónde venía. Pero, pasados los primeros días, la obligaron a trabajar duro arrastrando camiones llenos de carga. Además, también la hacían pelear contra otros animales mucho más grandes que ella. No tardó en echar de menos su hogar y quiso volver, pero, agotada, se desplomó a la sombra de un abeto que lucía hermoso. 
Despertó entre unas manos que le daban vueltas con curiosidad. Después la acomodaron con dulzura entre las ovejas del belén, ya que hacía tiempo que —allí— faltaba un corderito. 


“De gustibus non est disputandum”

Foto de la red
Doña Manuela cobraba la voluntad para completar su pensión. Si además le dabas algún sugus azul, de aquellos que se suponía que sabían a piña, anteponía tu ropa a la montaña de prendas que tuviera para arreglar. El problema era que éramos muchos en el pueblo, eran los más escasos y ella adoraba esos caramelos blandos tanto como aquella vida tranquila que llevaba. Nos afanábamos en conseguirlos. Íbamos a por ellos a pueblos lejanos si era necesario en cuanto nos sobraba un minuto. Mientras, ella escuchaba el canal clásico en la radio con las gafas de media luna en la punta de la nariz, serpenteando la lengua sobre uno de esos caramelos a la vez que hilvanaba y cosía. Los chupaba hasta que quedaban como papel de fumar. Luego los aplastaba con sus encías hasta hacerlos desaparecer. Pero que no se te ocurriera decirle que esos sugus no estaban ricos o no sabían a piña porque, en ese mismo momento, con su sonrisa desdentada y su templado carácter, pondría tu ropa, con suma dulzura y lentos movimientos, debajo del montón que le quedara por repasar.

(Publicado en ENTC. Relato con el color azul como invitado protagonista).

Primer tren de vuelta

Foto de la red
Cogió el primer tren a la luna. Le había costado toda su fortuna conseguir aquel billete. Los raíles, a simple vista, eran como la parte ascendente de cualquier montaña rusa, pero después se perdían entre las nubes. Solo había un vagón pequeño con forma aerodinámica para doce: seis millonarios y seis tripulantes. Todos se despidieron de sus familiares fundiéndose en envolventes abrazos antes de partir. Todos menos él que tendría la oportunidad de reencontrarse con su amada selenita. Al fin, para Neil, esta Navidad sería distinto.

(Publicado en ENTC, Relato 51 de ENTCerrados. Principio y final obligados).

Historia de amor


Aquel libro recogía algo más que una historia. Me enamoré de aquel hombre como nunca podría hacerlo de ningún otro y sufrí mucho cuando llegué al final. Tiempo después, nos reencontramos en la biblioteca por casualidad y volvimos a pasar unos días juntos. Pero esa vez no sentí lo mismo por él y, desencantada, lo olvidé. Años más tarde, me lo topé en una librería y no pude evitar dedicarle una mirada. Luego, una caricia. Me estremecí. Se me aceleró el corazón en cuanto sentí el contacto de su piel. Esa vez, me lo compré. No tendría que despedirme más. Y podría releerlo pronto. Seguro que volvería a hacerlo.

(Relato publicado en ENTC nº 34. Comienzo y final obligados.)