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El pedacito

Mi relato El pedacito ha resultado ganador de la VII edición de Relatos con Banda Sonora de La Ventana, Cadena Ser, con el que participaba en la final con compañeros a los que admiro: Joaquín Vals, Esther Gómez, Soledad Esnaola y Raquel Lozano. (Relatos). Ahora será convertido en canción de la mano de Miguel Marcos (@miguelmarcosf), alma de Le Voyeur y futuro profe de la Escuela de Escritores con el Laboratorio Sonoro: escribir canciones. Estoy feliz.


  Escucha aquí.

Blondie, Hearts if glass

El pedacito

Postrado en su cama, el chico sintió un arpón en el pecho al despedirse para siempre de Manuela. Su cuidadora se casaba y se iba a otra ciudad. Y, según salía ella de la habitación, la cuerda se estiraba más y más, hasta incorporarlo en la cama. Cuando ella recorría el pasillo, más, hasta arrastrarlo al borde. Al cerrar la puerta de la calle, más, hasta encaramarlo al suelo y romperlo todo entero en mil pedazos. Uno saltó por la ventana y se le coló a ella por la blusa, haciéndole un corte profundo que nunca se llegó a cerrar.


De cómo me conocí

Durante el confinamiento de la primavera del 2020, aprendí tanto de cómo vivir sin salir de casa que, cuando nos concedieron la libertad, yo ya no quise salir en verano. Ni en otoño. En invierno ya era un experto en trabajar y pedir a domicilio cualquier cosa, o a controlar las horas de sol en mi ventana dependiendo del mes para cargar mi vitamina D. En fin, una perfecta vida en solitario. 

Esta primavera me la anunció la algarabía de las golondrinas que alegraban el patio con sus bailes con las nubes como telón. Yo, contagiado por ellas, supe que éste iba a ser el verano de mi vida, ya tenía la experiencia del anterior. Pero, una mañana al levantar la persiana a finales de junio, no me daba el sol en la cara como cada día. Con medio cuerpo por la ventana para localizar el porqué, vi que en el piso de arriba, normalmente vacío, había un montón de delicadas prendas femeninas en el tendedero de avión. Me llamó la atención sobremanera un diminuto tanga que me dejó fascinado. De pronto, la minúscula prenda emprendió el vuelo como una golondrina más por un golpe de aire, planeando ante mí sin que yo pudiera darle alcance por más que lo intentaba, llenando todo a su paso de un arrebatador aroma a azahar. La prenda, juguetona, bailaba arremolinada entre los pétalos de las flores que se desprendían de algún piso superior. 

De pronto, se paró en seco ante mí y le di alcance apresurado. Tras comprobar, mirando arriba y abajo y derecha e izquierda, que nadie había presenciado tan ridículo espectáculo, me metí con rapidez. Eché las cortinas y la posé en la mesa de centro. Me senté en frente en mi butaca bermellón. La miré fijamente. Era la única compañía que tenía en ese último año. De pronto, ella, con timidez, incorporó su pequeño cuerpo y alzó su tira izquierda a modo de saludo. Alucinado, le tendí mi mano. “Ernesto. Encantado”, dije confundido. A partir de ahí, congeniamos. Yo le contaba mis cosas, mi encierro. Zarabasic, como así se llamaba, se encogía con los dos bracitos sobre su pequeña barriga muerta de la risa. Fueron los días más felices de mi vida. 

Semanas más tarde, la vecina de arriba me picó a la puerta y me preguntó por su prenda, que si era su favorita que si blablablá. Y yo que no, que no he visto nada. Al cerrar, nos reímos muy bajito, no fuera a percatarse de que estaba a mi lado y me prefería a mí. Tanto que, esa misma noche, sería la primera de muchas que pasaríamos juntos al fin.


Otoño dulce

Foto de la red

Cuando lo vimos por primera vez, rebuscaba en el contenedor de al lado de la casa rural que alquilamos en verano. «¡Mira, papá! ¿Podemos quedárnoslo? ¡Porfa, porfa!», me rogó Luis poniéndome ojitos mientras lo señalaba dando pequeños saltos en el sitio. Bien sabía que yo era más fácil de convencer que su madre. Me estremecí porque se parecía mucho al que habíamos perdido pocos meses antes. Igual de flaco. Aunque, antes de poder decir ni sí ni no, había huido alarmado por la voz chillona de Luis, a cinco años —como mínimo— de empezar a resultar agradable. Intenté alcanzarle, pero se escabulló entre la maleza, arropado por la oscuridad. Por si regresaba más tarde, dejamos comida al lado de la cancela abierta. Al día siguiente, en el porche. Al tercero, agua, mantas. Una semana más tarde Luis y él ya eran inseparables. Así que, como no podía ser de otra forma, cuando acabó el verano, nos volvimos pletóricos con nuestro nuevo abuelo a la ciudad.

(Publicado en ENTC).





Desvelo

Foto de pxhere.com 
Cierras los ojos antes de alcanzar el orgasmo. Quizá los músculos en tensión de los brazos del joven Fernando cuando está sobre ti o, tal vez, las caricias de Marcelo entre tus piernas ocupan tu mente en este instante. Aún así, tu esposo, conocedor de tus encuentros furtivos, se sigue esforzando en buscar tu mirada en vano, complaciéndote con dedicación. 

    Pero llega el día en el que te despiertas encendida de madrugada. Él recorre tus pechos con su lengua cálida mientras tu cuerpo se vuelve pasión. Te posee con la fogosidad de una primera vez que se hace esperar. Te vuelve loca de amor. Y, esa noche, con las pupilas dilatadas en la penumbra titilante, sí que buscas la complicidad en sus ojos mientras alcanzas el clímax, aunque tan solo te encuentras con sus párpados sellados.

(Publicado en ENTC) (Seleccionado)

Últimas voluntades


Nuria Rozas
Se escucha ese «pi» infinito, tan irracional, mientras ella se inclina sobre mí, acercando sus labios a los míos. Su mirada me provoca un deseo irrefrenable. Arrebatado, le arranco la blusa y hundo la cara entre sus generosos pechos. Enseguida siento el cosquilleo en la entrepierna y sonrío tanto que parezco una caricatura de lo que un día fui. Sin embargo, a pesar de mi lucha, ese fastidioso «pi» logra despertarme. A mi lado, mi dedicada esposa dormita en una silla, con la frente apoyada en su inseparable bastón. Y yo cierro los ojos con fuerza otra vez.




Finalista semanal de la semana 9 (16/11/2020) de la XIV Edicición de Relatos en Cadena


Odisea en Navidad

Dibujo de Nuria Rozas
Respira con dificultad desde antes de salir de casa. Los mil viajes por las tiendas en busca de regalos para un hipocondríaco-agorafóbico, y en tiempos de pandemia, tampoco ayudan. Tanto que se desploma en Preciados. Alguien levanta sus piernas, otro lo abanica con un folleto de publicidad, puede sentirlos desde su semiinconsciencia. Aunque solo cuando escucha a la lotera de la Puerta del Sol cantar los números del Niño se incorpora, y, embelesado, busca de dónde viene tan bella melodía entre la multitud. Sin embargo, es difícil acercarse a ella con esa enorme cola humana entre ambos. No cesa en su empeño. Se ha enfrentado a peores adversarios entre los contenedores de las prendas ya rebajadas, y se disputa valeroso la posición con los otros seducidos por aquellos cantos. Pasan minutos, quizá horas. Parecen días. Esta noche, como tantas, no llegará a casa a cenar, si bien no importa, sabe que su esposa no lo echará en falta. Estará tejiendo y destejiendo dramas con sus cuñadas en casa de sus padres, como cada Navidad. La quiere muchísimo, pero no soporta esa costumbre suya. Por eso, se ha dejado fascinar otras veces que ahora no recuerda, porque, en este instante, Ulises camina embrujado hacia la lotera, perdido ya en esos ojos marinos resaltados por una mascarilla azul.


Krampus

Foto de Internet
Desde las casitas de Hallstatt, todas con contraventanas de madera y balcones floridos, se escuchan escalofriantes lamentos que llegan desde las montañas. El enorme macho cabrío descarga su furia con las cadenas que penden de su cuello, formando un terrible ruido que resuena entre los recovecos de las cuevas laderas abajo, hasta hacer temblar el lago ante el que se contonea el pueblo. Sin embargo, con esos golpes, la bestia desprende la sal de las grutas de la que viven los lugareños, facilitando su recogida durante todo el año. Pero, cada diciembre, desde hace siglos, han de pagar un tributo. 

Cuando los hombres descansan exhaustos, las madres velan los sueños de sus hijos hasta perder la consciencia. Algunas cuentan que, tras sentir su larga lengua por el cuello, por los pechos y entre los muslos, se despiertan encendidas. A cambio el niño duerme tranquilo en su cama. Pero a otras, que preferirían mil abrazos de la bestia antes que perder a su hijo, solo les queda llorar. Y lloran tanto que forman enormes charcos que se unen a los arroyos; y estos al río que nace en las montañas, elevando así, cada Navidad, sus depósitos de sal.


(Relato sobre paisajes y escenarios publicado en ENTC).



 

De experimentos y conclusiones

De puntillas, estiro los brazos todo lo que puedo y saco el plato del microondas donde puse la tableta de chocolate, sin el mecanismo de rotación. Pero, con el temblor de manos y de cuerpo, doy un traspiés y estropeo el experimento con el meñique derecho. La siguiente vez que lo intento, con otra tableta, estoy tan concentrado en ese dedo que meto el pulgar izquierdo. “¡Miércoles!”, refunfuño. Así no impresionaré a Marina para que estudie conmigo.


Mira que me pareció fácil el ejercicio cuando lo explicó la seño. Lo tengo todo apuntado en mi libreta: “Para calcular la velocidad de la luz, hay que poner la potencia del microondas a tope veinte segundos. Después solo hay que medir la distancia entre los puntos derretidos más alejados entre sí con la regla, multiplicarla por dos y luego por la frecuencia del microondas”. 


Sin embargo, el aparato está demasiado alto para mí. Igual que Marina, que me saca un par de cabezas. 


Publicado en ENTC.

Revelados

Foto de la red
Mi tío se encargó de hacer una fotografía de la familia cada Nochebuena hasta que los huecos de los que faltaban fueron demasiado dolorosos. Nos situábamos en dos filas, tras la mesa llena de platos vacíos, peladillas y copas a medias. Unos, sentados; otros, detrás. 
Cuando apareció con una Polaroid formamos un buen revuelo. Que, en aquel papel en blanco, poco a poco, asomaran formas en color fue como presenciar un espectáculo de magia sin igual. 
Las conservó todas mi madre, en un álbum que no dejaba tocar a nadie mientras vivió. 

Ahora ojeo aquellas fotos y me estremezco. Revivo el momento en el que él ponía el temporizador y se unía al grupo entre risas nerviosas. Aunque también descubro detalles que en su día me pasaron totalmente desapercibidos, como todos los primos de puntillas para parecer más altos que el mayor. O la cara de mi hermano pequeño al recibir el beso apretado de la abuela. O las manos enlazadas, a salvo de ser vistas, de mi madre y mi tío bajo el mantel. 


(Publicado en ENTC. Dedicado a la fotografía).

Sofocos

En otoño de 1979, el tío Luis vino de la capital por las fiestas de Nuestra Señora de Contrueces. Apareció con una camisa de color amarillo chillón bajo el traje. La abuela tardó media jornada en cerrar la boca y parpadear. “Soltero a los cincuenta por maricón, claro”, refunfuñó el abuelo, y no lo miró más. Ni le hizo falta. Ya lo miraban lo suficiente todas las mujeres que revoloteaban a su alrededor, a las que tenía que empujar yo para bailar con él en la romería. A mí me gustaba mucho el tío Luis porque me hacía caso. Y porque era muy divertido. Era moderno. 
Tras él, mi padre, como todos los demás, empezó a usar camisas fucsias, estampadas o bermellón, dejando aparcadas las blancas y azules para bodas, bautizos y funerales. Con los años comprendí el concepto de moda, pero no en aquellos tiempos. Pensaba que debía de ser algo vergonzoso que él se vistiera con tantos colores porque veía a mi madre roja como un tomate, resoplando tras abanicos improvisados de cualquier material.

(Publicado en ENTC. Tema relacionado con la moda).