Translate

Desvelo

Foto de pxhere.com 
Cierras los ojos antes de alcanzar el orgasmo. Quizá los músculos en tensión de los brazos del joven Fernando cuando está sobre ti o, tal vez, las caricias de Marcelo entre tus piernas ocupan tu mente en este instante. Aún así, tu esposo, conocedor de tus encuentros furtivos, se sigue esforzando en buscar tu mirada en vano, complaciéndote con dedicación. 

    Pero llega el día en el que te despiertas encendida de madrugada. Él recorre tus pechos con su lengua cálida mientras tu cuerpo se vuelve pasión. Te posee con la fogosidad de una primera vez que se hace esperar. Te vuelve loca de amor. Y, esa noche, con las pupilas dilatadas en la penumbra titilante, sí que buscas la complicidad en sus ojos mientras alcanzas el clímax, aunque tan solo te encuentras con sus párpados sellados.

(Publicado en ENTC) (Seleccionado)

Últimas voluntades


Nuria Rozas
Se escucha ese «pi» infinito, tan irracional, mientras ella se inclina sobre mí, acercando sus labios a los míos. Su mirada me provoca un deseo irrefrenable. Arrebatado, le arranco la blusa y hundo la cara entre sus generosos pechos. Enseguida siento el cosquilleo en la entrepierna y sonrío tanto que parezco una caricatura de lo que un día fui. Sin embargo, a pesar de mi lucha, ese fastidioso «pi» logra despertarme. A mi lado, mi dedicada esposa dormita en una silla, con la frente apoyada en su inseparable bastón. Y yo cierro los ojos con fuerza otra vez.




Finalista semanal de la semana 9 (16/11/2020) de la XIV Edicición de Relatos en Cadena


Odisea en Navidad

Dibujo de Nuria Rozas
Respira con dificultad desde antes de salir de casa. Los mil viajes por las tiendas en busca de regalos para un hipocondríaco-agorafóbico, y en tiempos de pandemia, tampoco ayudan. Tanto que se desploma en Preciados. Alguien levanta sus piernas, otro lo abanica con un folleto de publicidad, puede sentirlos desde su semiinconsciencia. Aunque solo cuando escucha a la lotera de la Puerta del Sol cantar los números del Niño se incorpora, y, embelesado, busca de dónde viene tan bella melodía entre la multitud. Sin embargo, es difícil acercarse a ella con esa enorme cola humana entre ambos. No cesa en su empeño. Se ha enfrentado a peores adversarios entre los contenedores de las prendas ya rebajadas, y se disputa valeroso la posición con los otros seducidos por aquellos cantos. Pasan minutos, quizá horas. Parecen días. Esta noche, como tantas, no llegará a casa a cenar, si bien no importa, sabe que su esposa no lo echará en falta. Estará tejiendo y destejiendo dramas con sus cuñadas en casa de sus padres, como cada Navidad. La quiere muchísimo, pero no soporta esa costumbre suya. Por eso, se ha dejado fascinar otras veces que ahora no recuerda, porque, en este instante, Ulises camina embrujado hacia la lotera, perdido ya en esos ojos marinos resaltados por una mascarilla azul.


Krampus

Foto de Internet
Desde las casitas de Hallstatt, todas con contraventanas de madera y balcones floridos, se escuchan escalofriantes lamentos que llegan desde las montañas. El enorme macho cabrío descarga su furia con las cadenas que penden de su cuello, formando un terrible ruido que resuena entre los recovecos de las cuevas laderas abajo, hasta hacer temblar el lago ante el que se contonea el pueblo. Sin embargo, con esos golpes, la bestia desprende la sal de las grutas de la que viven los lugareños, facilitando su recogida durante todo el año. Pero, cada diciembre, desde hace siglos, han de pagar un tributo. 

Cuando los hombres descansan exhaustos, las madres velan los sueños de sus hijos hasta perder la consciencia. Algunas cuentan que, tras sentir su larga lengua por el cuello, por los pechos y entre los muslos, se despiertan encendidas. A cambio el niño duerme tranquilo en su cama. Pero a otras, que preferirían mil abrazos de la bestia antes que perder a su hijo, solo les queda llorar. Y lloran tanto que forman enormes charcos que se unen a los arroyos; y estos al río que nace en las montañas, elevando así, cada Navidad, sus depósitos de sal.


(Relato sobre paisajes y escenarios publicado en ENTC).



 

De experimentos y conclusiones

De puntillas, estiro los brazos todo lo que puedo y saco el plato del microondas donde puse la tableta de chocolate, sin el mecanismo de rotación. Pero, con el temblor de manos y de cuerpo, doy un traspiés y estropeo el experimento con el meñique derecho. La siguiente vez que lo intento, con otra tableta, estoy tan concentrado en ese dedo que meto el pulgar izquierdo. “¡Miércoles!”, refunfuño. Así no impresionaré a Marina para que estudie conmigo.


Mira que me pareció fácil el ejercicio cuando lo explicó la seño. Lo tengo todo apuntado en mi libreta: “Para calcular la velocidad de la luz, hay que poner la potencia del microondas a tope veinte segundos. Después solo hay que medir la distancia entre los puntos derretidos más alejados entre sí con la regla, multiplicarla por dos y luego por la frecuencia del microondas”. 


Sin embargo, el aparato está demasiado alto para mí. Igual que Marina, que me saca un par de cabezas. 


Publicado en ENTC.

Revelados

Foto de la red
Mi tío se encargó de hacer una fotografía de la familia cada Nochebuena hasta que los huecos de los que faltaban fueron demasiado dolorosos. Nos situábamos en dos filas, tras la mesa llena de platos vacíos, peladillas y copas a medias. Unos, sentados; otros, detrás. 
Cuando apareció con una Polaroid formamos un buen revuelo. Que, en aquel papel en blanco, poco a poco, asomaran formas en color fue como presenciar un espectáculo de magia sin igual. 
Las conservó todas mi madre, en un álbum que no dejaba tocar a nadie mientras vivió. 

Ahora ojeo aquellas fotos y me estremezco. Revivo el momento en el que él ponía el temporizador y se unía al grupo entre risas nerviosas. Aunque también descubro detalles que en su día me pasaron totalmente desapercibidos, como todos los primos de puntillas para parecer más altos que el mayor. O la cara de mi hermano pequeño al recibir el beso apretado de la abuela. O las manos enlazadas, a salvo de ser vistas, de mi madre y mi tío bajo el mantel. 


(Publicado en ENTC. Dedicado a la fotografía).

Sofocos

En otoño de 1979, el tío Luis vino de la capital por las fiestas de Nuestra Señora de Contrueces. Apareció con una camisa de color amarillo chillón bajo el traje. La abuela tardó media jornada en cerrar la boca y parpadear. “Soltero a los cincuenta por maricón, claro”, refunfuñó el abuelo, y no lo miró más. Ni le hizo falta. Ya lo miraban lo suficiente todas las mujeres que revoloteaban a su alrededor, a las que tenía que empujar yo para bailar con él en la romería. A mí me gustaba mucho el tío Luis porque me hacía caso. Y porque era muy divertido. Era moderno. 
Tras él, mi padre, como todos los demás, empezó a usar camisas fucsias, estampadas o bermellón, dejando aparcadas las blancas y azules para bodas, bautizos y funerales. Con los años comprendí el concepto de moda, pero no en aquellos tiempos. Pensaba que debía de ser algo vergonzoso que él se vistiera con tantos colores porque veía a mi madre roja como un tomate, resoplando tras abanicos improvisados de cualquier material.

(Publicado en ENTC. Tema relacionado con la moda).

E

—¿Hija?
—(...) 
—Ay, perdone. 
—(…)
—No sé, solo apreté a mi hija. ¿Quién es usted? 
—(...)
—Ya, ya sé que la he llamado yo, pero yo llamaba a mi hija y se ha puesto usted. 
—(...)
—No, no he marcado ningún número. Marqué Edith, mi hija, y ha salido usted. No sé cómo ha podido pasar. 
—(...)
—Sí, es raro. Habré apretado cualquier cosa, sí. En realidad yo no sé usar estos trastos del demonio. Los números me los metió ella, justo antes del confinamiento.
—(...)
—Edith. Edith Carril.
—(...)
—¡Anda! ¿Edi? Pues va a ser eso, sí. No sabía que usted era la abuela de Carmen.
—(...)
—Nada, nada. Está claro. Sí, seguro que lo metió mi hija por si acaso. Debe de estar justo antes que ella en la agenda, sí.
—(...)
—Bueno, pues disculpe… Perdone, ¿cómo dice que se llama? 
—(...)
—¿E… qué?
—(...)
—¿Edisenda? Qué nombre tan raro, es la primera vez que lo oigo. Qué originales sus padres.
—(...) 
—¡Anda!, ¿el mismo día que Edison? ¿Pero existe?
—(...) 
—Ja, ja, ja. Claro, sí, si usted se llama así es que existe, sí. Ja, ja, ja. Qué historia tan curiosa. 
—(...)
—Yo, Antonio.
—(...) 
—Igualmente. Ha sido una suerte que se haya puesto usted al teléfono. En realidad con mi hija casi no tengo tiempo de hablar. Desde el confinamiento dice que está muy ocupada en casa. Teletrabaja y tiene dos peques. Esta es sin duda la conversación más larga que tengo en semanas.
—(...)
—¿Cuatro, la suya? ¡Pues su hija sí que estará liada! 
—(...)
—Ya, claro. Pero aunque no trabaje en otra cosa, cuatro son cuatro ¿eh? ¿Qué edades tienen? 
—(...)
—¡Qué seguiditos! Y, ¿se los llevan o la han dejado tranquila? 
—(...)
—Sí, también yo los echo de menos. Aunque, en realidad, tampoco me ha venido tan mal esto de estar confinado, me sentía muy cansado con recogerlos, llevarlos… No estoy ya para tanto trote.
—(...) 
—Eso sí. Sí, ya pesan los días. Si al menos se me diera bien usar este aparato… Tengo amigos que hacen videoconferencias y se les hace menos pesado.
—(...)
—No, ni idea, no sé. Es que me acababan de regalar el móvil y no tuvieron tiempo de enseñarme. 
—(...)
—¿Usted? ¿Podría? Pues me haría un favor.
—(...)
—¿Tiempo? A mí me sobra el tiempo, Edisenda. 
—(...)
—Ah, sí, Edi. Genial. Usted puede llamarme Toni si gusta.
—(...) 
—Si gustas, sí. Mejor de tú.




La resiliencia de un tal Miguel

Foto de internet
En un lugar del cerebro, al escritor le creció una mancha. Y, en un lugar de la mancha, nació un caballero que se divertía hundiendo su lanza sobre cualquier inspiración, por muy grande que fuera. Eso sentía él. Preocupado, fue a consultarlo y, tras descartar causas graves, le pusieron en tratamiento. Debía escribir un diario sobre esas cosas que imaginaba y volver una vez a la semana para hablar sobre ello. Así, el problema facilitó que escribiera su obra maestra. Aunque, desgraciadamente, al acabar la terapia no pudo escribir nunca nada más, porque aquel caballero todavía estaba allí.

(Publicado en ENTC, nº56. Con el comienzo y el final obligados).

El monstruo

Hecho un gran ovillo sobre su peculiar “patchwork” de lunares, rayas y dibujos bajo la cama, piensa en la prejubilación, a la vuelta de la esquina. La ha pedido a la desesperada. Perderá cierto nivel adquisitivo pero no le importa, no puede más. Lo que quiere es dormir del tirón, a pata suelta. Ahora, pocos días antes de partir, en su memoria se amontonan los sustos con nostalgia; incluso sonríe al recordar con cariño cómo logró aquella colección sobre la que ahora descansa plácidamente, calcetín a calcetín. 

Publicado en ENTC